2/7/07

I. Tema - La existencia de Dios

1. Anhelo de trascendencia.
2. Conocimiento de la existencia de Dios.
3. Necesidad de rectitud en el hombre.
4. Repercusiones.

1. Anhelo de trascendencia.
La vida misma del hombre le inclina a una apertura a la Verdad trascendente, porque lo que se le ofrece en está vida no colma sus aspiraciones:

‑Por parte del entendimiento: busca la verdad que dé sentido a la vida —a la suya y la del universo del que es parte—, que debe ser la verdad última, el “porqué” definitivo que explique el “qué” de la existencia.

‑Por parte de la voluntad: tiene un deseo irrenunciable a la felicidad, y descubre que nada de este mundo sacia completamente ese deseo. La realidad misma de la muerte parece truncar definitivamente ese anhelo, por lo que la mirada del hombre se dirige a la búsqueda de un “más allá” donde colmar sus deseos.

Con esta apertura a lo trascendente, “el hombre se interroga sobre la existencia de Dios”(33).
33 El hombre: Con su apertura a la verdad y a la belleza, con su sentido del bien moral, con su libertad y la voz de su conciencia, con su aspiración al infinito y a la dicha, el hombre se interroga sobre la existencia de Dios. En estas aperturas, percibe signos de su alma espiritual. La "semilla de eternidad que lleva en sí, al ser irreductible a la sola materia" (GS 18,1; cf. 14,2), su alma, no puede tener origen más que en Dios.

No constituye aún una prueba concluyente, pero sí el punto de partida en el ascenso del espíritu hacia Dios. Pone de manifiesto que “el deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre”(27),
27 El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer hacia sí al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar:

La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios. El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento; pues no existe sino porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su Creador (GS 19,1).


como puede comprobarse por el carácter religioso de los hombres de todos los tiempos (28).
28 De múltiples maneras, en su historia, y hasta el día de hoy, los hombres han expresado a su búsqueda de Dios por medio de sus creencias y sus comportamientos religiosos (oraciones, sacrificios, cultos, meditaciones, etc.). A pesar de las ambigüedades que pueden entrañar, estas formas de expresión son tan universales que se puede llamar al hombre un ser religioso:

El creó, de un solo principio, todo el linaje humano, para que habitase sobre toda la faz de la tierra y determinó con exactitud el tiempo y los límites del lugar donde habían de habitar, con el fin de que buscasen a Dios, para ver si a tientas le buscaban y le hallaban; por más que no se encuentra lejos de cada uno de nosotros; pues en él vivimos, nos movemos y existimos (Hch 17,26-28).


2. Conocimiento de la existencia de Dios.
La existencia de Dios es una verdad alcanzable por la razón humana, no por intuición o visión de Dios (no habría ateos si así fuera), sino por un conjunto de argumentos convergentes y convincentes que permiten llegar a verdaderas certezas (31).
31 Creado a imagen de Dios, llamado a conocer y amar a Dios, el hombre que busca a Dios descubre ciertas "vías" para acceder al conocimiento de Dios. Se las llama también "pruebas de la existencia de Dios", no en el sentido de las pruebas propias de las ciencias naturales, sino en el sentido de "argumentos convergentes y convincentes" que permiten llegar a verdaderas certezas.

Estas "vías" para acercarse a Dios tienen como punto de partida la creación: el mundo material y la persona humana.


Parten de la creación y de la misma insuficiencia del mundo: “el mundo y el hombre atestiguan que no tienen en ellos mismos ni su primer principio ni su fin último”(34).
34 El mundo y el hombre atestiguan que no tienen en ellos mismos ni su primer principio ni su fin último, sino que participan de Aquel que es el Ser en sí, sin origen y sin fin. Así, por estas diversas "vías", el hombre puede acceder al conocimiento de la existencia de una realidad que es la causa primera y el fin último de todo, "y que todos llaman Dios" (S. Tomás de A., s.th. 1,2,3).

Se prueba a partir de la realidad visible; o sea, de sus criaturas, como atestigua la Revelación bíblica (Sab 13; Rom 1, 19‑20)(32).
Sab 13 1 Sí, vanos por naturaleza son todos los hombres que han ignorado a Dios,
los que, a partir de las cosas visibles, no fueron capaces de conocer a "Aquel que es",
y al considerar sus obras, no reconocieron al Artífice.
2 En cambio, tomaron por dioses rectores del universo
al fuego, al viento, al aire sutil, a la bóveda estrellada,
al agua impetuosa o a los astros luminosos del cielo.
3 Ahora bien, si fascinados por la hermosura de estas cosas,
ellos las consideraron como dioses,
piensen cuánto más excelente es el Señor de todas ellas,
ya que el mismo Autor de la belleza es el que las creó.
4 Y si quedaron impresionados por su poder y energía,
comprendan, a partir de ellas,
cuánto más poderoso es el que las formó.
5 Porque, a partir de la grandeza y hermosura de las cosas,
se llega, por analogía, a contemplar a su Autor.
6 Sin embargo, estos hombres no merecen una grave reprensión,
porque tal vez se extravían buscando a Dios y queriendo encontrarlo;
7 como viven ocupándose de sus obras, las investigan
y se dejan seducir por lo que ven:
¡tan bello es el espectáculo del mundo!
8 Pero ni aún así son excusables:
9 si han sido capaces de adquirir tanta ciencia
para escrutar el curso del mundo entero,
¿cómo no encontraron más rápidamente al Señor de todo?
El culto de los ídolos: las imágenes talladas
10 ¡Desgraciados, porque han puesto su esperanza en cosas muertas,
los que llamaron dioses a obras fabricadas por las manos del hombre,
al oro y la plata trabajados con arte,
a figuras de animales,
o a una piedra sin valor esculpida por una mano antigua!
11 Tomemos, por ejemplo, un leñador:
él derriba con la sierra un árbol fácil de voltear,
le quita hábilmente toda la corteza,
lo trabaja con maestría
y hace con él un objeto útil para el uso común.
12 Con las astillas que sobran
calienta su comida y sacia su apetito.
13 Pero queda todavía un resto que no sirve para nada,
un tronco retorcido y lleno de nudos:
él lo toma, lo esculpe para llenar sus ratos de ocio,
lo talla con habilidad en sus momentos libres,
y le da forma humana
14 o lo hace semejante a un vil animal.
Después, lo recubre de minio, colorea la superficie de rojo,
y disimula todos sus defectos con un enduido;
15 le prepara un sitio adecuado,
lo coloca en la pared y lo asegura con un clavo.
16 De esa manera, toma precauciones para que no se caiga,
sabiendo que no puede valerse por sí mismo,
porque no es más que una imagen y tiene necesidad de ayuda.
17 Sin embargo, cuando ruega por sus bienes, por su hogar o sus hijos,
no se avergüenza de dirigir la palabra a ese objeto sin vida:
¡reclama salud a un inválido,
18 implora vida a un muerto,
pide socorro al más inexperto;
al emprender un viaje, ruega al que es incapaz de dar un paso;
19 para sus ganancias, sus empresas y el éxito de sus trabajos,
pide vigor al que no tiene en sus manos ningún vigor!


Rom 1,19 Porque todo cuanto se puede conocer acerca de Dios está patente ante ellos: Dios mismo se lo dio a conocer, 20 ya que sus atributos invisibles –su poder eterno y su divinidad– se hacen visibles a los ojos de la inteligencia, desde la creación del mundo, por medio de sus obras. Por lo tanto, aquellos no tienen ninguna excusa:

32 El mundo: A partir del movimiento y del devenir, de la contingencia, del orden y de la belleza del mundo se puede conocer a Dios como origen y fin del universo.

S.Pablo afirma refiriéndose a los paganos: "Lo que de Dios se puede conocer, está en ellos manifiesto: Dios se lo manifestó. Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad" (Rom 1,19-20; cf. Hch 14,15.17; 17,27-28; Sb 13,1-9).
Y S. Agustín: "Interroga a la belleza de la tierra, interroga a la belleza del mar, interroga a la belleza del aire que se dilata y se difunde, interroga a la belleza del cielo...interroga a todas estas realidades. Todas te responde: Ve, nosotras somos bellas. Su belleza es una profesión ("confessio"). Estas bellezas sujetas a cambio, ¿quién las ha hecho sino la Suma Belleza ("Pulcher"), no sujeto a cambio?" (serm. 241,2).


Las principales “vías” de ascenso a Dios son:

‑A partir del mundo: la contemplación del orden, perfección y finalidad en la naturaleza, desde lo más pequeño a lo más grande. Estas características no se ha podido dar el universo a sí mismo (el único ser visible con inteligencia es el hombre, que “descubre”, pero no “crea” la naturaleza), y que por tanto remiten a Dios como origen y fin supremo y trascendente del universo.

‑Si —con más profundidad— pasamos al ser mismo del hombre, se puede apreciar que en su propia existencia —con la apertura a la verdad y a la belleza, el sentido del bien moral, la libertad, la voz de la conciencia, la aspiración al infinito— se perciben signos de su alma espiritual (33).
33 El hombre: Con su apertura a la verdad y a la belleza, con su sentido del bien moral, con su libertad y la voz de su conciencia, con su aspiración al infinito y a la dicha, el hombre se interroga sobre la existencia de Dios. En estas aperturas, percibe signos de su alma espiritual. La "semilla de eternidad que lleva en sí, al ser irreductible a la sola materia" (GS 18,1; cf. 14,2), su alma, no puede tener origen más que en Dios.

La explicación válida es que hemos recibido el ser del Ser Absoluto, del que participamos muy imperfectamente.

Estas pruebas proporcionan un conocimiento de Dios verdadero pero a la vez muy imperfecto: sólo sabemos que Dios es un ser personal, Ser supremo y perfecto; pero no sabemos propiamente cómo es Dios.

3. Necesidad de rectitud en el hombre.
Este razonamiento se puede nublar por causas morales. El hombre sabe que reconocer la existencia de Dios es algo comprometedor, y puede por ello negarse a considerarla (2125, 2126 y 2128).
2125 En cuanto rechaza o niega la existencia de Dios, el ateísmo es un pecado contra la virtud de la religión (cf Rm 1,18). La imputabilidad de esta falta puede quedar ampliamente disminuida en virtud de las intenciones y de las circunstancias. En la génesis y difusión del ateísmo "puede corresponder a los creyentes una parte no pequeña; en cuanto que, por descuido en la educación para la fe, por una exposición falsificada de la doctrina, o también por los defectos de su vida religiosa, moral y social, puede decirse que han velado el verdadero rostro de Dios y de la religión, más que revelarlo" (GS 19,3).

2126 Con frecuencia el ateísmo se funda en una concepción falsa de la autonomía humana, llevada hasta el rechazo de toda dependencia respecto a Dios (cf GS 20,1). Sin embargo, "el reconocimiento de Dios no se opone en ningún modo a la dignidad del hombre, ya que esta dignidad se funda y se perfecciona en el mismo Dios" (GS 21,3). "La Iglesia sabe muy bien que su mensaje conecta con los los deseos más profundos del corazón humano" (GS 21,7).

El agnosticismo

2128 El agnosticismo puede a veces contener una cierta búsqueda de Dios, pero puede igualmente representar un indiferentismo, una huida ante la cuestión última de la existencia, y una pereza de la conciencia moral. El agnosticismo equivale con mucha frecuencia a un ateísmo práctico.


También hay otros factores que pueden obstaculizar el ascenso del hombre a Dios, como la existencia del mal o la formación en ideas erróneas (29).
29 Pero esta "unión íntima y vital con Dios" (GS 19,1) puede ser olvidada, desconocida e incluso rechazada explícitamente por el hombre. Tales actitudes pueden tener orígenes muy diversos (cf. GS 19-21): la rebelión contra el mal en el mundo, la ignorancia o la indiferencia religiosas, los afanes del mundo y de las riquezas (cf. Mt 13,22), el mal ejemplo de los creyentes, las corrientes del pensamiento hostiles a la religión, y finalmente esa actitud del hombre pecador que, por miedo, se oculta de Dios (cf. Gn 3,8-10) y huye ante su llamada (cf. Jon 1,3).

En algunos casos, se puede justificar el abandono momentáneo de la búsqueda; pero, tarde o temprano, surge en la vida la cuestión de su mismo sentido, y con ella la cuestión de la existencia de Dios. Esto motiva un deber moral de buscar la verdad: las respuestas sólo pueden ser querer buscarla o rechazar la búsqueda. 0 sea, el ascenso a Dios no es una pura cuestión intelectual, sino también moral; y eso explica por qué ha habido personas inteligentes que se han mantenido agnósticas e incluso ateas.

4. Repercusiones.
La aceptación de la existencia de Dios lleva consigo varias consecuencias:

‑ La consideración de un Dios como Ser supremo y Creador postula el deber de reconocerlo (privada y públicamente): es la virtud de la religión, manifestada en la adoración y la oración (2096‑98).
La adoración

2096 La adoración es el primer acto de la virtud de la religión. Adorar a Dios es reconocerle como Dios, como Creador y Salvador, Señor y Dueño de todo lo que existe, como Amor infinito y misericordioso. "Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto" (Lc 4,8), dice Jesús citando el Deuteronomio (6,13).

2097 Adorar a Dios es reconocer, en el respeto y la sumisión absoluta, la "nada de la criatura", que sólo existe por Dios. Adorar a Dios es alabarlo, exaltarle y humillarse a sí mismo, como hace María en el Magnificat, confesando con gratitud que él ha hecho grandes cosas y que su nombre es santo (cf Lc 1,46-49). La adoración del Dios único libera al hombre del repliegue sobre sí mismo, de la esclavitud del pecado y de la idolatría del mundo.


La oración

2098 Los actos de fe, esperanza y caridad que ordena el primer mandamiento se realizan en la oración. La elevación del espíritu hacia Dios es una expresión de nuestra adoración a Dios: oración de alabanza y de acción de gracia s, de intercesión y de súplica. La oración es una condición indispensable para poder obedecer los mandamientos de Dios. "Es preciso orar siempre sin desfallecer" (Lc 18,1).


‑ También lleva a la oración la consideración de que sólo Dios puede ser el fin de nuestra existencia y sólo en Él podemos encontrar la felicidad plena.

‑ El reconocimiento de Dios y la práctica de la religión nos proporciona la disposición a cumplir la voluntad de Dios, preparando así a recibir la fe y la Revelación divina (35).
35 Las facultades del hombre lo hacen capaz de conocer la existencia de un Dios personal. Pero para que el hombre pueda entrar en su intimidad, Dios ha querido revelarse al hombre y darle la gracia de poder acoger en la fe esa revelación en la fe. Sin embargo, las pruebas de la existencia de Dios pueden disponer a la fe y ayudar a ver que la fe no se opone a la razón humana.


Bibliografía

Textos básicos
* AGUILÓ PASTRANA, Alfonso, Interrogantes en torno a la fe, Ed. Palabra, pag. 17‑36.

Libros que requieren cierta formación
* JUAN PABLO II, La existencia de Dios, folletos MC, n. 419.
* KNOX, Rolando, El Credo a cámara lenta, Cuadernos Palabra, pag. 21‑29.
* KNOX, Ronald, El torrente oculto, Ed. Rialp, pag. 35‑64.
* FROSSARD, André, Preguntas sobre Dios, Ed. Rialp, pag. 79‑89.